El proyecto se organiza a partir de una búsqueda clara de privacidad, utilizando la propia arquitectura como filtro entre el espacio doméstico y el entorno urbano. La cocina funciona como una pieza de transición que amortigua la relación con la calle y permite liberar el área recreativa hacia el fondo del lote, donde las expansiones adquieren un carácter más introspectivo.
La propuesta combina referencias de la arquitectura mediterránea —volúmenes puros, superficies blancas y ausencia de ornamento— con una base material de lenguaje industrial, incorporando ladrillo y acero para aportar textura, peso y contraste.
Uno de los elementos centrales del proyecto es la escalera monolítica, concebida como una pieza escultórica articuladora del espacio interior. La luz cenital refuerza su presencia y transforma la circulación en una experiencia espacial.
En planta alta, la estrategia de retranqueos y expansiones permite trabajar la profundidad de fachada y las relaciones de llenos y vacíos. Mientras la habitación principal se retrae generando un balcón protegido, el dormitorio secundario avanza sobre el plano de fachada para incorporar un área de trabajo y enfatizar la volumetría del conjunto.